El aspecto que tiene el ámbar antes de ser pulido, tallado o mejorado es el de una piedra corriente con un particular color amarillo-parduzco. Al ser una piedra no muy dura, la erosión hace especial mella en el ámbar, que se vuelve opaco y adquiere las formas típicas de las piedras comunes.

Esto es especialmente cierto para el ámbar que el mar arroja a las costas del Báltico, donde sino fuese porque flota, muchas veces podría pasar desapercibido. Por otro lado, el proceso de formación de esta piedra, que hace millones de años se desprendió de la corteza de un árbol, provoca formas caprichosas que no pueden presentar otros minerales cuya estructura es cristalina.

Por ello, y aunque lo más normal es pulir y trabajar el ámbar en bruto para realizar objetos decorativos o joyas con él, a veces las piezas encontradas son tan grandes o se encuentran en tan buen estado, que prefieren dejarse tal cual para exhibirse en museos o venderse tras un mínimo pulido.

Hoy día cada vez es más fácil encontrar a la venta piezas de ámbar en estado prácticamente virgen, donde lo que se busca es resaltar la labor de la naturaleza.